" Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviéndose en sí, dijo: ¡ Cuántos jornaleros en casa de mi Padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre ! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré : Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó ( Lucas 15,11-20).
Cada nuevo convertido despierta una enorme envidia en Satanás. Lo irrita hasta la desesperación verlos disfrutando ahora de su salvación eterna después de haber estado preso en sus redes. Y es que Satanás sabe que no tiene ninguna posibilidad de recuperar los privilegios y bendiciones que una vez Dios le dio y que él menospreció. Y eso, entonces, llena de mayor furia su ya furibundo comportamiento: " Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad " ( Ezequiel 28,15).
Nuestro enemigo sabe que nunca podrá obtener el perdón y la salvación que se nos ha dado a nosotros a través del sacrificio expiatorio de Cristo. Y sabe también que según el decreto de Dios su destino es la condenación eterna en el lago de fuego y azufre. Entiéndase que cuando se habla de condenación eterna no nos referimos a la aniquilación o la destrucción, sino de un castigo en conciencia y conocimiento pleno en el lago de fuego y azufre.
La obsesión maligna y perversa de Satanás es inducir al creyente a abandonar la casa del Padre con toda la riqueza que este le ha dado. Quiere que vaya a " disfrutar " del mundo con sus luces y sus oropeles, persiguiendo ilusiones falsas que al final no resultan ser otra cosa sino algarrobas dignas de puercos. La lección del hijo pródigo debería ser argumento suficiente para saber que todo lo agradable que pueda ofrecer el enemigo radica en sensaciones y temporalidades y; por lo tanto, algo que tarde o temprano - me atrevería a decir más temprano que tarde - perece. El síndrome del hijo pródigo sigue siendo un arma eficaz que Satanás trata de utilizar cada vez que puede.
Comentarios: