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EL SUFRIMIENTO DE UNA MADRE

Número 90

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En Colosenses 3,20, leemos estas palabras : "Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto agrada al Señor". Y Proverbios 1,8-10, nos dice: " Hijo mío, atiende la instrucción de tu padre y no abandones la enseñanza de tu madre, pues serán para ti un bello adorno: como un collar o una corona. Si los pecadores quieren engañarte, ¡ no se lo permitas, hijo mío ! ".

 

Ciertamente el obedecer es mejor que los regalos ; y el prestar atención, a los consejos maternos, es mejor que los besos y las protestas de amor. Aquí tenemos que decir aquello de que, "obras son amores, y no buenas razones".

Si quieres honrar a tu madre, tienes que obedecerla, porque la desobediencia, es prima hermana de la rebeldía, y el hijo rebelde, está derramando, constantemente, en el corazón de la madre, la hiel de la amargura y la aflicción.

¡ Cuánto sufren las madres al ver a sus hijas, y a sus hijos, acariciando locas ilusiones que les arrastrarán al precipicio de la deshonra ! ¡ Cuánto sufren las madres, al ver que sus hijas, y sus hijos, sordos y rebeldes a los consejos y amonestaciones maternales, se lanzan, como barquilla sin timón, al agitado mar de los engaños de la vida, hasta que las velas de la ilusión se les queman en el fuego de algún vicio, o de alguna pasión.

Hace algunos meses escuche el siguiente caso : Una joven norteamericana, de 17 años, hija de padres millonarios, se marchó del colegio donde cursaba sus estudios, como interna, y puso a sus padres el siguiente telegrama: " Me voy con Juan... los veré la próxima semana ". Cuando la madre leyó este telegrama cayó desmayada, y no es extraño que así sucediese, porque el telegrama de la hija revela un cinismo y una falta de respeto, capaces de desmayar a cualquier madre decente.

Cuando un hijo llega a casa borracho, o cuando su nombre aparece en la crónica policíaca, acusado de robo, crimen, falsedad, atropello, o algún acto de inmoralidad; cuando tal cosa sucede, nadie sufre como la madre; porque nadie quiere al hijo, como lo quiere la madre; nadie anhela el bien del hijo, como la madre lo anhela. Cuántas veces,en tales casos, la madre ha caído de rodillas, y bañada en lágrimas. Ha exclamado: ¡ Hijo mío, hija mía ! ¡ no ves que me estás acabando la vida! ¡no ves que me estás empujando al cementerio, con esa vida que llevas, y estos disgustos que me das !

Si tienes una madre verdaderamente cristiana, debes amarla, respetarla como se merece, obedecerla como la mejor consejera de tu vida y creer lo que ella cree.

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