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NAAMÁN EL LEPROSO SANADO.

Número 352

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En Segunda de Reyes capítulo 5, leemos la sanidad más insólita del período del reino dividido y, fue la recuperación de un oficial del ejército gentil por el minsiterio de Eliseo. Naamán, el general del ejército de Siria, se había distinguido hasta el punto que merecía el respeto, no sólo del rey, sino de la población en general. Pero el mal de la lepra le había atacado a Naamán, y toda su carrera peligraba.

Naamán tuvo que pasar por un proceso de humillaciones antes de obtener su salud. En primer lugar, tuvo que poner atención a una simple sirvienta hebrea que le hablaba acerca del don de curación de profeta Eliseo. Tuvo que ser convencido por esa jovencita para que emprendiera largo viaje hacia el profeta Eliseo.

En lo primero que pensó Naamán fue en ganarse el favor del profeta deslumbrándolo con ricos y abundantes regalos. El profeta Eliseo no lo pudo recibir; estaba muy ocupado; solamente le envió a decir que se bañara siete veces en el río Jordán. Naamán se puso furioso. ¡ Un viaje tan largo para que únicamente le dijeran que se bañara siete veces en el Jordán ! ¡ En su tierra habían

mejores ríos ! Sus amigos tuvieron que convencerlo para que aceptara lo que el profeta de Dios le había indicado. Naamán se humilló, y obtuvo su curación ( 2 Reyes 5, 9-14).

La pregunta normal que nos viene a la mente es: " ¿ Por qué tenía que bañarse siete veces y no sólo una vez ? " Posiblemente después de bañarse cinco veces, todavía Naamán no notaba ninguna mejoría. Tuvo que perseverar hasta lograr su curación de la lepra. Este proceso de purificación del orgullo fue parte de la curación de Naamán.

Naamán pensaba que con sus ricos y abundantes regalos iba a obtener el favor del profeta Eliseo. Se encontró con que se le pedía que con humildad, como todos, bajara al río a bañarse, no una, sino siete veces. Tuvo que someterse. Mientras lo hacía, su orgullo iba siendo limpiado como su lepra.

Por iluminación del Espíritu Santo, Eliseo sabía que en primer lugar Naamán tenía que reconocer a Dios, no tanto al profeta, y que la obra de Dios no se consigue por regateo sino que se recibe por fe demostrada en obediencia humilde. Esta actitud de Naamán fue recordada por Jesús (Lucas 4,27).

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