¿POR QUÉ SUFRIMOS?

En 1967, después de un accidente al zambullirse, Joni Eareckson Tada quedó cuadripléjica por una lesión de la médula espinal. Entonces, se embarcó en un estudio continuo para encontrarle sentido al sufrimiento, desde la perspectiva de Dios. Sus deducciones la ayudaron a hallar la paz en medio de su parálisis y dolor permanentes.

Hace cuatro mil años, Job, una víctima de reveses personales, familiares y económicos suplicó al cielo silencioso: «…hazme entender por qué contiendes conmigo. ¿Te parece bien que oprimas, que deseches la obra de tus manos…?» (Job 10:2,3). Estas preguntas siguen vigentes: ¿Por qué tengo que sufrir tanto? ¿Cómo voy a soportar este dolor? ¿Qué beneficio puede traer?  ¿Acaso Dios me odia? ¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas y a la gente mala le pasan cosas buenas?

Las Escrituras nos aconsejan constantemente que consideremos la vida desde una perspectiva eterna. Lo transitorio, como el dolor físico, decepción y las tragedias, acabarán, pero el eterno peso de gloria permanecerá para siempre. (2 Corintios 4:17).

El sufrimiento quebrantó a Joni, quien confinada a una silla de ruedas, le preguntaba al Señor, ¿cómo puedes considerar mis problemas como algo leve y momentáneo? Jamás  volveré a andar ni a correr No podré utilizar las manos... me duele la espalda... ¡estoy atrapada! Su dolor gritaba reclamando toda  atención, fomentando su ansiedad por encontrar una solución rápida o una salida.

Sin embargo, tras cinco años de vivir en la silla de ruedas, observó que su actitud frente a las dificultades había cambiado. Empezó  a ver cómo obraba la  cuadriplejia a su favor. El sufrimiento le llevó a seguir a Cristo, depuró su carácter, le hizo más sensible a los demás,  dejó de quejarse, y se volvió más paciente. Y lo más importante, se dio cuenta de que, al estar paralizada, el cielo cobraba vida; no como una evasión, sino de un modo que le hacía desear vivir mejor aquí en la tierra, porque en la próxima vida llegarían cosas más maravillosas.

Joni empezó a encontrarle sentido a su sufrimiento. Hoy, muchos años después, está más convencida que nunca de que Dios tiene sus razones para nuestras aflicciones.  

ORACIÓN PARA ACEPTAR A CRISTO

Yo confieso que soy un pecador o pecadora, y necesito tu perdón. Me doy cuenta que viene el día en que será demasiado tarde para ser salvo o salva. Yo creo que Jesucristo derramó su Sangre preciosa, y murió por mis pecados. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Yo te recibo ahora Jesucristo como mi Señor y Salvador personal. Perdona mis pecados e inscribe  mi nombre en el LIBRO DE LA VIDA ETERNA. Amén