EN EL AREÓPAGO

Cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez. Y así Pablo salió de en medio de ellos. Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales estaba Dionisio el areopagita. Hechos 17:32-34

 

El Areópago, en Atenas, era una colina donde se hallaba la sede de un tribunal de gente notable. Allí, al aire libre, se podía asistir a los procesos y también escuchar discursos filosóficos o políticos.

 

La Biblia resume la atmósfera que reinaba en Atenas en el primer siglo: la ciudad estaba “entregada a la idolatría… Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él… Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (Hechos 17:16, 18, 21).


Dionisio, miembro del Areópago, seguramente escuchaba cada día una multitud de discursos. ¡Qué sequía y hastío debía haber en su corazón confrontado diariamente a tantas ideas contradictorias!

 

En nuestros días, ¿no tenemos a veces la misma impresión y nos sentimos hastiados de la pobreza espiritual de todo lo que oímos?

 

Sin embargo, ese día el apóstol Pablo tomó la palabra allí, y Dionisio escuchó un mensaje completamente diferente: “Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31).

 

La fuerza de la buena nueva de la resurrección no dejó indiferente a Dionisio; no se dejó influenciar por los que se burlaban. Su vida fue transformada. La Biblia nos dice que él creyó.

ORACIÓN PARA ACEPTAR A CRISTO

Yo confieso que soy un pecador o pecadora, y necesito tu perdón. Me doy cuenta que viene el día en que será demasiado tarde para ser salvo o salva. Yo creo que Jesucristo derramó su Sangre preciosa, y murió por mis pecados. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Yo te recibo ahora Jesucristo como mi Señor y Salvador personal. Perdona mis pecados e inscribe  mi nombre en el LIBRO DE LA VIDA ETERNA. Amén