A MIS HIJOS YO LOS EDUCARÉ
Tratado
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A MIS HIJOS YO LOS EDUCARÉ

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Nos encontramos ante una sociedad impía, donde ya no se puede confiar ni aun en los seres más cercanos. Las publicaciones más recientes en los diarios y televisoras nacionales, en las cuales se cuestiona el liderazgo religioso, mediante los abusos deshonestos; nos lleva, a los padres de familia, a reflexionar sobre quién instruirá espiritualmente a mis hijos. Con respecto a ello, el apóstol Pablo nos dice: "Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino más bien críenlos con disciplina e instrúyanlos en el amor al Señor" ( Efesios 6,4). Desde esta perspectiva, el papel de los padres en la educación en la fe de nuestros hijos, tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse.

Los padres debemos mirar a nuestros hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. La Biblia dice muy claro: " Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él " ( Proverbios 22,6).

El apóstol Pablo nos dice que los primeros responsables en la formación de nuestros hijos e hijas, no lo constituyen el catequista o el maestro o maestra de escuela dominical, sino los padres de familia. El hogar es el lugar más apropiado (porque da temor enviar los hijos a otro lugar), para la educación de las virtudes. Pablo enfatiza sobre la gran responsabilidad para los padres de dar buenos ejemplos a los hijos, porque millones

de almas perdidas se levantarán frente al Gran Trono Blanco y, al oir su condenación, histéricamente gritarán : " Acuso a mis padres".

Hay millares de padres que han dado a sus hijos todo, excepto a Dios. Los han provisto de nutritivos alimentos, de vestidos calientes y de educación... pero no de Jesucristo. Los han cubierto de regalos y los han protegido de daños..., pero no les han proporcionado un altar familiar.

Les han leído de Harry Potter y de Superman, pero no la Biblia. Los han llevado al cine o al estadio pero no a una actividad espiritual. Han maldecido delante de sus hijos, pero nunca han orado. Así que millares de niños han vivido maldiciendo a sus padres por traerlos al mundo y criarlos sin Cristo.

Cuando un niño o una niña te confía sus manitas, pueden estar sucias de helado de chocolate o por haber acariciado un perro, o pueden tener un mezquino debajo del pulgar y una venda en el meñique; lo importante es que esas manos son las manos del futuro. Esas manos algún día sostendrán una Biblia o una pistola; tocarán el piano en el templo o tendrán un cigarro de marihuana; cubrirán las heridas de un sidoso o temblarán miserablemente sin poder ser dominadas por la mente de un alcohólico.

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